Un barbero que aprendió a afeitar en las filas militares hace más de cincuenta años y un sastre que llegó a coser a políticos y narcotraficantes son el rezago de unos oficios que tienden a desaparecer.
La industrialización llegó a Colombia de forma tardía, casi a mediados del siglo XX, cuando en Europa se dio entre los siglos XVII y XVIII. Sin embargo, el crecimiento del país ha sido acelerado en las últimas décadas, de manera que las “artes y oficios”, como también se les conoce a los oficios tradicionales pueden desaparecer tan rápido como aparecieron.
El barbero de Los colores
Cuando era niño, mi padre siempre me llevaba a motilarme a la única barbería del pueblo donde nací. Reynaldo Chaverra era el barbero de muchas familias de Barbosa, entre esas la mía, y su barbería estaba en el parque principal, junto a las cantinas y cerca de la iglesia principal. Desde su muerte, ya no hay barberías en ese poblado al norte del Valle de Aburrá.
Fabio Londoño Herrera tiene su negocio en un garaje en el barrio Los colores de la ciudad de Medellín. Él lleva más de 40 años en “La estrellita”, como se llama su barbería. La zona es abundante en peluquerías y salones de belleza, principalmente sobre la calle Colombia, sin embargo, “La estrellita” es única en su tipo.
A sus 74 años, éste hombre persiste en la barbería como su trabajo y su forma de vida. Su sitio de trabajo, limpio y organizado, da cuenta de lo que es hoy un oficio tan antiguo como la historia reciente del hombre. Desde la historia greco-romana se tiene conocimiento de la existencia de barberos, personas dedicadas a mantener la buena imagen de los hombres, e incluso, a marcar desde entonces tendencias de moda, tanto en la forma de llevar el vello facial como en la forma de lucir el cabello.
Mientras prestaba su servicio militar obligatorio en la ciudad de Popayán en 1957, Fabio motiló por primera vez. Entonces tenía 19 años, y aunque su padre había sido peluquero, nunca había intentado motilar ni afeitar a nadie. “Un primo me dijo que allá lo ponían a uno a hacer cualquier cosa, que para lo que lo mandaran uno tenía que decir ‘como ordene mi teniente’, ‘como ordene mi cabo’, y uno no podía decir que no sabía porque le decían ‘si no sabe aprenda, cabrón de mierda, que nadie nació aprendido’”, cuenta Londoño, como seguramente lo llamaban entonces.
Fabio se le midió a la barbería cuando solicitaron dos personas que supieran motilar. Aprendió a hacerlo con un contingente completo de paisas recién llegados. Él y su compañero se tomaron entre 2 y 3 días para motilar a todo el contingente, y Fabio recuerda que se le “abrió” la mano de tanto manejar la máquina, que entonces no era eléctrica sino mecánica.
Cuando salió del ejército, con 21 años, no tenía empleo. Quería ser policía, pero después de haber sido escogido en un grupo de cuatrocientos hombres para hacer el curso, y después de realizarse los exámenes, decidieron que los seleccionados serían solo doscientos, “los más altos y los más estudiados”. Él hizo parte de los doscientos que volvieron a casa.
Entonces le ofrecieron empleo en una barbería en el centro de la ciudad. Han pasado cerca de 50 años y Fabio sigue ejerciendo el oficio. Aunque sigue motilando y afeitando a los hombres que lo visitan en su local, cree que los barberos tienden a desaparecer.
Las barberías eran sitios de encuentro y de socialización. Sitios de conversación donde podían llegar a formarse parrandas cuando la intención no era embellecer la barba, tal como sucedía en Fredonia, Antioquia, pueblo natal de Fabio en cuya barbería trabajó un año. El establecimiento abría solo los domingos, día de mercado en que la gente del campo iba a la cabecera urbana. El resto de la semana, la barbería se convertía en sitio de tertulia y parranda, acompañada de tiples, guitarras y aguardiente.
Fígaro, "El barbero de Sevilla", es quizás el barbero más famoso en la historia del arte. Esta comedia de Pierre-Augustin de Beaumarchais, convertida en una célebre ópera por Giaccomo Rossini y estrenada en 1883, narra la historia de amor prohibido de Rosina y el Conde de Almaviva en Sevilla, España. Fígaro será quien los ayude a huir del tutor de ella para casarse. El barbero tiene la ventaja de conocer todas las situaciones porque todos los personajes pasan por sus tijeras y su silla (Escuche un fragmento de El barbero de Sevilla).
Como en “El barbero de Sevilla”, Fabio reconoce que las barberías no sólo eran un lugar de parranda sino también de chisme. No solo las mujeres en las peluquerías disfrutaban el placer de hablar del prójimo, sino también los hombres. Las barberías eran en esencia un sitio masculino.
El panorama de las barberías ha cambiado bastante en las últimas décadas. El negocio de la belleza ha crecido enormemente, pero pocas barberías se mantienen. Además, es un oficio sin relevo generacional, pues según Fabio, ya no se enseña ni se aprende a ser barbero.
El cambio que se produjo en la mayoría de oficios tuvo que ver con que las industrias pusieran muchas cosas al alcance del bolsillo de cualquiera. En la barbería “La estrellita”, una afeitada cuesta cinco mil pesos, lo mismo que pueden costar dos o tres máquinas de afeitar desechables, que pueden durar por lo menos una o dos semanas cada una, según la marca y la abundancia de la barba.
La diferencia entre el oficio de antes y sus formas actuales va desde el nombre, que ahora es más genérico (peluquería), hasta la formación, pues antes era completamente empírica y ahora hay academias para darla. Así mismo, ha desaparecido la distinción rígida entre sitios para hombres y sitios para mujeres.
Fabio pasa mucho tiempo sentado viendo televisión en su negocio, esperando que llegue algún hombre que quiera que le corten el pelo o lo afeiten. Cuando alguien va, “es porque vive muy ocupado y no le queda tiempo para afeitarse o porque tiene algún evento especial”, dice Fabio refiriéndose a la mayoría de los casos. Pero también tiene clientes constantes que llevan años haciendo uso de los servicios del barbero de Los colores.
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Con la aparición del modelo de producción fordista a comienzos del siglo XX, que consiste en la producción en serie de productos iguales, comenzaron a verse como obsoletos o muy costosos algunos oficios manuales y artesanales. El mundo fue construido por los herreros, los carpinteros, los albañiles, los sastres, pero con las máquinas como el reemplazo perfecto se comenzó a dispersar esa masa de artesanos que hacían parte de lo que se podía llamar una clase obrera.
La modernización de la industria no solo cambio la forma de trabajar y producir, sino también la forma de pertenecer a la sociedad. Aún más en el contexto de la era de la información, las artes y oficios como los conocíamos vienen dejando lugar a nuevos oficios por conocer.
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Mario, el último sastre
“La cultura de los padres de uno era las artes y oficios. Ellos casi nunca le decían a uno ‘estudie’, sino ‘aprenda algún arte’. Lo más básico era como la primaria. Como ellos tampoco estudiaron”, cuenta Mario Jaramillo Restrepo sentado tras su vieja máquina PFAFF. Su padre fue sastre, al igual que varios de sus tíos, comenzando por el mayor que fue quien comenzó a enseñarlo en la familia.
Aunque la influencia de sus padres fue determinante, Mario sentía gusto por aprender nuevos oficios. Primero fue zapatero, después fue cerrajero, hasta que quiso aprender sastrería y allí se quedó por el resto de su vida. Trabaja hace 18 años en “El corte inglés”, sastrería ubicada sobre la calle 30 de Medellín, en la zona de Belén.
Lo primero que se aprendía era el manejo de la aguja y el dedal. Aún hoy, Mario no es capaz de coser sin este último. Dice que todo el trabajo se hacía manual, pero que ahora el oficio es mucho menos artesanal. Ahora no se aprende el oficio de la sastrería como tal, “no necesitan saber el arte completo”, y es que la industria textil está directamente ligada con la producción en serie, para la cual solo es necesario aprender a manejar máquinas y operaciones.
En el caso de “El corte inglés” siguen trabajando con máquinas muy antiguas. Para ellos, mientras que las nuevas se dañan con facilidad, las viejas podían coser hasta cuero. Mario dice que la máquina PFAFF con que trabaja puede tener hasta 60 años, y luce en muy buen estado.
Actualmente la sastrería está restringida, según Mario, al arreglo de ropa o a la confección de ropa sobre medida para quienes no consiguen sus tallas en el mercado. El oficio consiste principalmente en la confección de prendas para hombres, pues de las prendas femeninas se encarga la modistería. La separación entre estos dos es flexible, pues por ejemplo, aunque un pantalón sea de mujer, tradicionalmente era una prenda masculina. Así mismo no es raro que una modista trabaje ropa de hombre.
Este oficio, como muchos otros, ha tenido una relación muy cercana con el poder, aunque no sea necesariamente un oficio de élite.
Mario no cree que los sastres desaparezcan porque es un oficio que puede dar garantía de exclusividad. Dice que casi siempre “la gente importante” gusta de tener su sastre propio. Unos instantes antes sale un hombre de “El corte inglés”, Mario lo menciona y me cuenta que trabaja para la persona que le confecciona la ropa al expresidente Álvaro Uribe. Ese hombre en particular trabaja en la confección de los pantalones.
Con sus 45 años como sastre, Mario habla en varias ocasiones de “mi época”, de la fama que llegó a tener y de las personas a quienes les llegó a coser. Entre ellos figuran Hernán Cadavid Gónima,dos veces presidente del Club Atlético Nacional en la década de los 80’s, así como algunos futbolistas; los hermanos Bravo Márquez, ingenieros de la Universidad Nacional y fundadores de la Coral Bravo Márquez; y mafiosos como Griselda Blanco, una de las narcotraficantes más ricas y sanguinarias de los años 70’s, miembro del Cartel de Medellín.
Así mismo, la literatura ha creado varios personajes que han tenido una relación cercana con el poder desde su oficio.
“El sastrecillo valiente” es un cuento de los hermanos austriacos Jacob y Wilhelm Grimm que narra la historia de un humilde sastre que mata a siete moscas de un golpe, tras lo cual se cose una capa para lucir su valentía. Este hecho desencadena una serie de sucesos que lo llevan a convertirse en el soberano de todo el reino, por encima de su suegro, el anterior rey, y de su esposa, la princesa (Escuchar el cuento "El sastrecillo valiente").
Otro caso se da en un cuento de Hans Christian Andersen. “El traje nuevo del emperador” cuenta cómo un par de hombres se hacen pasar por los mejores sastres y convencen al rey de poder hacerle la tela más suave y delicada imaginable, con la particularidad de ser visible solamente para las personas inteligentes. Finalmente el rey se convierte en objeto de burlas, al caminar semi desnudo por su reino creyendo idiotas a sus súbditos pero negando su propia idiotez (Leer el cuento "El traje nuevo del emperador").
Una de las sastrerías más importantes de la ciudad hacia los años ochenta, quedaba ubicada en Junín con La playa. Mario trabajó allí, y destaca la diferencia entre ese momento y la actualidad. Aunque considera que la sastrería es un oficio que sirve a la gente humilde, reconoce que muchas veces, como en el caso de esa sastrería del centro, “es para los duros”.
En ese entonces, era más importante la calidad del trabajo que la cantidad, contrario a lo que pasa hoy. Además, las condiciones laborales eran mejores, pues tenían prestaciones sociales. En su empleo actual recibe pago por cada trabajo hecho, cincuenta por ciento para él y cincuenta por ciento para “el patrón”.
Su jefe actual, el dueño de “El corte inglés” fue empleado suyo en lo que Mario llama “su época”, pero dice: “los tiempos cambian y yo era como muy rumbero. A lo último el vicio coge ventaja, uno se vuelve incumplido y todo cambia. Donde yo hubiera sido una persona juiciosa era para haber conseguido plata con la sastrería”.
Medellín ha sido una ciudad con una industria textil fuerte. En esta industria también tuvieron lugar los sastres. Por ejemplo, un hermano de Mario que ya está retirado del oficio trabajó en Everfit. Los sastres hicieron parte del halón que la industria textil y manufacturera representó para el país y la ciudad.
El otro hermano de Mario que también era sastre ya falleció, y ni sus hijos ni sus sobrinos quisieron aprender el oficio. Su familia siempre giró en torno a la sastrería, pero ésta se quedó en su generación. Aún quedan sastres y sastrerías, aunque todas trabajan de formas diferentes, pero por lo menos en la tradición familiar de los Jaramillo, Mario será el último sastre.
Las nuevas tecnologías de la información y la comunicación han abierto el paso a la aparición de oficios nuevos. En el desarrollo de la historia oficios como la barbería, la sastrería, y muchísimos otros se han dado como formas culturales y han jugado un papel importante en el desarrollo de la técnica y de la cultura misma.
Mario y Fabio ejercen oficios que son poco visibles, y por tanto mal remunerados, pero que allende eran invaluables. Cada día menos gente entra a la barbería "La estrellita" y menos personas buscan tener su sastre personal.
Su condición actual hace parecer que son oficios en vías de extinción, o siendo más optimistas, considerar que sean oficios en transformación. En cualquier caso, las formas sociales y culturales que se generaban a partir de estos oficios no volverán a ser las mismas.
Mario y Fabio ejercen oficios que son poco visibles, y por tanto mal remunerados, pero que allende eran invaluables. Cada día menos gente entra a la barbería "La estrellita" y menos personas buscan tener su sastre personal.
Su condición actual hace parecer que son oficios en vías de extinción, o siendo más optimistas, considerar que sean oficios en transformación. En cualquier caso, las formas sociales y culturales que se generaban a partir de estos oficios no volverán a ser las mismas.